Memorias de un librero, de Héctor Yánover
Una señora elegante me pide el Martín Fierro. Como siempre, saco todas las ediciones que tengo. Si no compra ninguna, por lo menos saldrá diciendo que allí las tienen todas. Comienza a pasar las hojas de una de ellas, la deja, toma otra, la vuelve a dejar, toma otra. Intrigado pregunto:
–¿Usted busca alguna en especial?
–Sí –me dice- para hacer un regalo.
Le indico las encuadernadas. Las mira y las deja.
–Son todos versos –me dice en tono de reproche-. Yo busco la novela.
Me enojo.
–Señora, ¿usted es argentina?
–Sí.
–¿Qué edad tiene, señora?
–Cuarenta y uno. ¿Por qué?
–Porque ningún argentino mayor de edad tiene derecho a ignorar que el Martín Fierro está escrito en verso.
–Pero ¡yo que tengo que ver! Si el que lee es mi marido.
Los diarios y las revistas suelen estar llenos de preguntas como esta: ¿por qué escribe usted? Las respuestas suelen ser más o menos parecidas: porque si no, me muero; para vivir; para ganar fama y tener dinero; porque quiero; nos sé; no puedo dejar de hacerlo. Las respuestas a ¿Por qué lee usted? Nos darían un similar espectro, pero visto del otro lado del arco: para saber, para aprender, para matar el tiempo, para lucirme en las fiestas, porque quiero, no sé.
–La vida es triste. Yo para leer quiero ¿vio? Algo divertido, alegre, algo… ¿cómo le diré? De esos que levantan el ánimo, que dejan algo.
Por supuesto que en cuanto yo le recomiende alguna novelas de ¿esas, vio?, muy divertidas, me arrojará el inevitable:
–¿De qué se trata?
A esta pregunta he respondido de muy distintas maneras a lo largo de los años. Por ejemplo:
Cuando eran épocas de vacas flacas y me moría de ganas de vender un libro, contestaba:
–Trata de una morfinómana que conoce a un pederasta y en medio de los horrores de la guerra se salvan el uno al otro gracias al amor.
Esto es: contaba el argumento.
Independientemente de la época que se tratase, cuando no estaba comprensivo con mis clientes:
–Si yo le digo que se trata de un viejo que enloquece y se emperra en ser el héroe de los libros que ha leído, se disfraza de caballero, se pone una escupidera en la cabeza y sale montado en un matungo flaco por las calles, usted me va a contestar que no le interesan las novelas de viejos locos. Sin embargo, de eso trata el Quijote.
En épocas de vacas gordas:
–Me niego a contar el argumento de las novelas.
En momento en que me siento un didacta:
–Las novelas no valen por los temas que abordan, sino por la capacidad del autor para crear un mundo verdadero en el que nos incluye durante trescientas páginas y del que quizá no salgamos nunca del todo.
Yánover, Héctor. Memorias de un librero. Buenos Aires: Eds. De